—¿Cómo lo sabes?
—Porque ya no quieren dinero. Papá les prometió acceso. Una vez que los criminales creen que puedes identificarlos, el dinero deja de ser la prioridad.
Richard cerró los ojos. Sabía que Daniel tenía razón.
Entonces todo cobró sentido: las invitaciones repentinas, la calidez forzada, Barbara insistiendo en que asistiera a cenas «solo familiares», Richard preguntando por mi horario, los viajes nocturnos de Daniel, la tensión en su mandíbula cada vez que su padre llamaba. Mi madre había visto el patrón desde afuera, claro y nítido. Ella se había criado rodeada de hombres que sonreían mientras calculaban lo que podían tomar. Reconocía el hambre antes que yo el peligro.
Un estruendo ensordecedor provino del patio trasero. Estaban entrando.
—Puerta del sótano —dijo Daniel—. Ahora.
Nos movimos rápidamente. Las escaleras del sótano eran estrechas y oscuras, y detrás de nosotros la cocina estalló en gritos. Daniel apartó un estante, dejando al descubierto una trampilla de servicio de acero empotrada en la pared de hormigón.
La miré fijamente. —¿Desde cuándo tenemos eso?
—Desde que dejé de confiar en mi padre.
Giró el seguro de la rueda. El aire frío entró a raudales por el pasadizo que conducía al garaje independiente. Empujamos a Barbara primero. Richard se quedó paralizado ante la abertura.
—No quepo —dijo, con la voz temblorosa por el pánico.
—Sí que puedes.
Daniel estalló.
Unos pasos retumbantes resonaron sobre nosotros.
Richard me agarró del brazo. —Emily, por favor. Sé lo que hice. Lo sé. Pero si muero…
Quizás esa súplica me hubiera conmovido diez minutos antes. Ahora lo veía con claridad: no era remordimiento, solo miedo despojado de arrogancia.
Daniel me soltó. —Muévete.
Richard se movió. A duras penas.
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