Viví con un hombre dos meses; todo parecía ir bien, hasta que conocí a su madre. Apenas 30 minutos después de cenar, sus preguntas y su silencio me revelaron la verdad, y huí de esa casa para siempre.

Miré a Daniel, esperando a que interviniera. Simplemente se encogió de hombros.

"Mamá está preocupada", dijo en voz baja. "Quizás deberías hacerlo tú. Así todos se tranquilizarán".

En ese momento, comprendí perfectamente mi situación.

Me levanté de la mesa.

"¿Adónde vas?", preguntó su madre bruscamente. "Aún no hemos terminado".

“Sí”, dije con calma. “Fue un placer conocerte, pero esta será la última vez”.

Salí al pasillo. Daniel me siguió.
“Exageras”, dijo. “Mamá solo quiere lo mejor para mí”.

“No”, respondí, poniéndome el abrigo. “Tu madre quiere una sirvienta, no una compañera, y a ti te parece bien. Yo no”.

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