Volví a casa antes de tiempo para sorprender a mi esposo. Jamás imaginé que la sorpresa sería para mí.

Asentí despacio. Mi pulso golpeaba como un pájaro atrapado. Si la confrontaba ahora, entraría en pánico. Si esperaba a Eduardo, mentiría. Yo necesitaba datos, no escenas.

Me condujo hacia la recámara principal mientras hablaba de planes de remodelación. Sobre mi buró había una foto enmarcada: Eduardo y Mariana sonriendo en una playa de Tulum, bañados por el sol. En la esquina, la fecha digital: julio del año pasado.

El mismo julio en que Eduardo me dijo que estaría en un retiro corporativo “obligatorio” en Querétaro.

La puerta del baño se abrió. El vapor se derramó por el pasillo, mezclado con el olor del jabón de cedro de Eduardo. Salió con una toalla en la cintura, secándose el cabello.

—Amor, ¿ya está el café…?

Se quedó helado.

El color abandonó su rostro en un segundo. Vi cómo su mente empezaba a girar, desesperada, buscando una salida lógica, una mentira que lo salvara.

—Lucía… —dijo con una voz demasiado aguda—. Llegaste… temprano. ¿El vuelo?

Mariana frunció el ceño, confundida.

—¿Cariño? ¿Conoces a la corredora? ¿Por qué la llamas Lucía?

Cerré lentamente la carpeta de cuero que llevaba en la mano. No grité. No lloré. Sonreí. Una sonrisa fría que lo obligó a retroceder medio paso.

—Nos conocemos muy bien, Mariana —dije—. Eduardo y yo llevamos tres años haciendo una auditoría de carácter juntos. Yo soy la “socia” que te dijo que se mudaba.

Eduardo avanzó hacia mí con las manos extendidas.

—Lucía, por favor. No es lo que parece. Yo iba a decírtelo.

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