—¿Decirme qué? —pregunté—. ¿Que usaste fondos de reubicación de la empresa para pagar su anillo de compromiso? ¿O que falsificaste mi firma en los papeles de intención de venta de esta casa?
Mariana soltó un jadeo.
—¿Qué? Eduardo, dijiste que la casa era tuya. Dijiste que el dinero venía de un fideicomiso familiar.
En ese momento, Mariana aún no sabía que la casa, el dinero… y el propio Eduardo jamás le pertenecieron.
La verdad iba a caer como un martillo.
Y nadie estaba preparado para lo que Lucía diría a continuación…

—Eduardo no tiene fideicomiso familiar —respondí, mirándola con una calma que pesaba—. Tiene un sueldo. Un sueldo que yo autorizo cada mes.
Sus ojos se abrieron de par en par.
—Lucía, no hagas esto. Piensa en la fusión Salgado-Hernández.
—La fusión murió, Eduardo.
Saqué de mi bolso una tableta con un sello rojo. Toqué la pantalla. El celular de Eduardo, sobre el cargador, comenzó a vibrar sin parar.
ESTATUS CORPORATIVO: REVOCADO. ACTIVOS CONGELADOS. AUDITORÍA FORENSE EN PROCESO.
—Desde las 8:20 de la noche —dije— vales exactamente cero pesos. No eres dueño del coche, ni de la oficina. Y esta casa… mi padre no la dejó “para nosotros”. La dejó en un fideicomiso que yo administro. Has estado viviendo en una zona segura que acaba de convertirse en una sala de interrogatorios.
El final inesperado no fue solo ver a Eduardo salir bajo la lluvia, todavía con la toalla y un abrigo prestado, mientras Mariana empacaba temblando.
Ocurrió diez minutos después.
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