Mariana estaba en la puerta, con los ojos rojos, sosteniendo la bata de seda blanca.
—Lo siento —susurró—. No sabía nada. Él dijo que tú lo hacías miserable.
Miré la bata. No la quería. Nada que oliera a sus mentiras.
—Quédate con ella —le dije—. La vas a necesitar.
—¿A dónde voy? —preguntó.
—Al Ministerio Público —respondí—. Revisé los metadatos de la foto de Tulum. No eras solo la prometida. Tú autorizaste las transferencias fantasma de la cuenta de mi padre. Eres auditora junior en su despacho, Mariana. No caíste en su engaño. Me ayudaste a auditarme sin saber que yo los estaba auditando a ustedes.
El giro final fue este:
Yo tampoco me quedé en la casa.
Esa misma noche liquidé todo el patrimonio Salgado-Hernández y me mudé a un pequeño rancho en Zacatecas, donde nació mi padre. Entendí que una casa hecha de cristal y oro no es más que una jaula carísima.
Por primera vez en tres años, no era esposa ni socia.
Era la arquitecta de mi propia paz.
Y el aire del campo, al fin, era limpio de verdad.
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