—A desayunar —dije—. Y luego a otro sitio.
Comimos en un sitio tranquilo de Beverly Hills, en una mesa de la esquina donde podíamos hablar sin que nadie nos escuchara. Lena ya parecía más sana; el color había vuelto a su rostro, y la luz en sus ojos ya no era solo por supervivencia.
Cuando terminamos el café, metí la mano en mi chaqueta y saqué una pequeña caja de terciopelo.
—Hace diez años —dije con la voz un poco temblorosa—, compré esto. Lo guardé bajo llave, incluso cuando me dije a mí misma que debía dejarte ir. No pude.
Abrí la caja. Dentro había un anillo sencillo: una piedra transparente, engastada en una alianza clásica.
—No te pido esto solo para hacerle la vida más difícil a mi madre —dije, sosteniendo su mirada. “Te lo pregunto porque eres el amor de mi vida. Porque cada año sin ti era gris, y cada hora contigo se siente como si volviera a cobrar color. Lena Morales, ¿quieres casarte conmigo? ¿Serás mi pareja y la madre de Sofía, en todos los sentidos, por el resto de nuestras vidas?”
Sus ojos se llenaron de lágrimas. Su sonrisa tembló, luego se tranquilizó.
“Sí”, dijo. “Sí. Yo tampoco dejé de amarte, Grant”.
El anillo le quedaba un poco suelto en su dedo más delgado, pero reflejó la luz maravillosamente al ponérmelo. Cuando nos besamos, los años que nos separaban se desvanecieron.
Fijamos una fecha sencilla. Nada de catedrales, nada de páginas de sociedad, nada de largos discursos. Solo nosotras, las personas que nos habían acompañado en los días más difíciles, y la chica que había reconciliado nuestras vidas sin siquiera saberlo.
Dos semanas antes de la ceremonia, sonó el timbre un domingo por la tarde. Estábamos en la sala, con una película puesta mientras Sofía se tumbaba en la alfombra con un libro para colorear.
La Sra. Greene apareció en la puerta, con aspecto inquieto. "Señor Ellison", dijo. "Su madre está en la puerta. Dice que no se irá hasta verlo".
Sentí la mano de Lena apretarse alrededor de la mía. Sofía levantó la vista, alerta.
"¿La abuela malvada?", preguntó.
"Sí", dije. "Quédate aquí. Yo..."
"No", interrumpió Lena. Se puso de pie, con las piernas aún un poco temblorosas, pero la mirada clara. "Ya no me escondo de ella. Soy tu prometida y la madre de Sofía. Afrontamos esto juntas".
La miré y vi el mismo coraje que la había mantenido a flote durante cada año difícil.
"De acuerdo", dije en voz baja. "Juntas".
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