Cada día le dejaba un plato extra al niño callado del rincón.
No porque me sobrara comida.
Sino porque me sobraba conciencia.
Siempre llegaba antes que todos.
Con una camisa limpia pero gastada.
Con esos zapatos que ya habían caminado más de lo que deberían.
Se sentaba en la mesa más escondida, como si pidiera permiso para ocupar espacio en el mundo.
Nunca hablaba.
Solo sonreía.
Y daba las gracias con la mirada.
Yo fingía que era un error de la cocina.
Una confusión.
Un plato que “salió de más”.
En realidad, sabía perfectamente lo que hacía.
Esa mañana estaba preocupada.
La renta estaba atrasada.
Las ventas no habían sido buenas.
Y una parte de mí se preguntaba si ayudar a otros cuando una apenas puede sostenerse era valentía… o terquedad.
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