Pero el rincón quedó vacío.
Seguí trabajando.
Y sin darme cuenta, seguí preparando un plato extra.
Un mes después llegó una carta escrita a mano.
No en computadora.
A mano.
“Gracias por tratarme como persona y no como inversión.”
Lloré en la cocina.
Semanas después mi patrón me llamó.
—Compraron el edificio.
Una fundación nueva.
Fundación Herrera López.
No era caridad para la foto.
Era un programa para financiar comedores familiares y pequeños negocios en colonias donde nadie invierte.
El Café Amanecer sería el primero.
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