Y cuando pasó junto a mi mesa, se detuvo un segundo.
Me miró.
No como el niño agradecido que bajaba la mirada.
Me sostuvo los ojos.
Y en su mirada ya no había necesidad.
Había decisión.
Había historia.
Había una verdad que yo nunca imaginé.
En ese instante entendí algo que me heló la sangre:
Yo no sabía nada de quién era él en realidad.
¿Quién era realmente ese niño que comía en silencio en mi pequeño café…
y por qué hombres poderosos de la Ciudad de México parecían responderle como si él fuera la razón de su presencia?
Parte 2 …
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