
Una hora antes, todo era normal.
El olor a café de olla con canela y piloncillo se mezclaba con el vapor tibio de la cocina. Las tortillas inflándose en el comal hacían ese sonido suave que siempre me recordaba a mi madre. Afuera, la carretera despertaba despacio.
Me llamo María Fernanda López. Tengo treinta y nueve años. Llevo doce sirviendo mesas en el Café Amanecer.
No es bonito.
No es famoso.
Pero es digno.
Él empezó a venir a principios de invierno.
Entró la primera vez cuando apenas levantábamos las cortinas. No parecía perdido. Tampoco asustado. Miraba como quien está aprendiendo algo sin decirlo.
Tendría diez u once años. Delgado. Camisa blanca impecable. Suéter azul fino. Zapatos demasiado limpios para ese polvo de carretera.
No encajaba.
Se sentó en el rincón.
No pidió nada.
Solo sostuvo el menú cerrado entre las manos, como si no supiera si tenía derecho a abrirlo.
La primera mañana pensé que esperaba a alguien.
La segunda entendí que no.
A la tercera, hice algo que no había planeado.
Llevé un plato.
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