Yo solo pensaba que le estaba dando desayuno a un niño pobre. Hasta el día en que cuatro Suburban blindadas se detuvieron frente a mi café…


Que siempre se iba antes de que el lugar se llenara.

Notaba también cómo miraba a las familias que desayunaban juntas.

No con envidia.

Con curiosidad.

Como si intentara entender algo que nunca le explicaron.

Y entonces llegaron las camionetas.

El café se quedó en silencio.

Mi patrón salió confundido. Los clientes habituales pagaron rápido.

Los hombres no levantaron la voz. No la necesitaban.

Uno preguntó por mí.

Y él —porque en ese momento dejó de parecer un niño— se levantó.

Se sentó en la barra.

—Siéntate, María Fernanda.

Su voz ya no era tímida.

Me senté.

—¿Quién eres?

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