—Se llama Santiago Herrera —dijo uno de los hombres.
Sentí el apellido en el estómago.
Los Herrera.
Empresarios. Contratos federales. Seguridad privada permanente. Gente que no desayuna en comedores de carretera.
Santiago me miró sin arrogancia.
—Mi padre descubrió dónde venía.
—Yo solo te daba comida…
—Lo sé.
Y por primera vez habló como niño.
—Allá todo tiene condiciones.
Me explicó que vivía en un internado con vigilancia. Que cada movimiento estaba programado. Que siempre había cámaras. Profesores. Asistentes. Seguridad.
—Nunca estoy solo. Nunca soy solo yo.
Había escapado por semanas.
No por rebeldía.
Por silencio.
—Quería saber cómo se siente que alguien te vea sin saber tu apellido.
Sentí un nudo en la garganta.
—Podrían haberte hecho daño.
—Tú también podrías haberme ignorado.
No supe qué responder.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
