Si necesitas cualquier cosa, díselo a Lucía. Su tono era amable, pero el mensaje era claro. Claro, tendré cuidado a en ti. Nos quedamos un rato más en silencio. Luego Marcos dijo que tenía que responder unos correos del trabajo y se fue a su despacho. En el momento en que la puerta del despacho se cerró, fue como si el aire del salón volviera a circular. Lucía se relajó visiblemente y, sacándome la lengua, me susurró, “Cuando se pone a trabajar es así.
No te lo tomes a mal.” “Tranquila, no pasa nada”, respondí. mirando la puerta cerrada. “Oye, ¿te trata bien?” “No”. “Sí, claro que me trata bien”, respondió Lucía rápidamente cogiéndome de la mano. Es un poco serio. Ya sabes cómo son los europeos, muy cuadriculados y llenos de normas, pero es responsable, trae el dinero a casa y no sale por ahí a hacer de las suyas. Hoy en día un hombre así es un buen partido. Parecía que intentaba convencerse tanto a sí misma como a mí.
Los niños le tienen mucho miedo. Dudé un momento, pero al final se lo dije. La sonrisa de Lucía se desvaneció un poco. No es miedo, es respeto. Marcos es muy estricto con su educación. Cree que las normas y la disciplina son fundamentales para que crezcan bien. Y míralos, son muy buenos y educados, ¿no? Sí, eso es verdad, reconocí viendo a los niños que incluso sin su padre delante seguían sentados tranquilamente hablando en susurros. eran demasiado buenos. “Venga, te acompaño a tu habitación que estarás cansada”, dijo Lucía cambiando de tema.
La habitación de invitados estaba en la planta baja, era bonita, limpia y tenía su propio baño. “Descansa, si necesitas algo, dímelo,” dijo mientras me ayudaba a hacer la cama. “Mañana Marco se va temprano, así que podremos hablar tranquilamente. Te llevaré a dar una vuelta. Esta ciudad no es gran cosa, pero tiene su encanto.” “Genial”, respondí, observándola mientras se movía. De repente le pregunté, “Lucía, ¿eres feliz? Se detuvo un momento de espaldas a mí.” Claro que soy feliz.
Su voz sonaba alegre. Tengo un marido, hijos, una casa. ¿Qué más puedo pedir? No te comas la cabeza. Terminó de hacer la cama, me dio un par de indicaciones más y se fue cerrando la puerta. Me tumbé en la cama, pero no podía dormir. Este reencuentro no era como lo había imaginado. Lucía era amable, Marcos era educado, los niños eran obedientes. La familia parecía perfecta, armoniosa, pero había pequeños detalles que me inquietaban, como granos de arena en un engranaje.
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