No había señales de caos, ni muebles volcados ni cristales rotos, sólo una quietud inquietante que sugería que algo había salido profundamente mal sin siquiera anunciarse.
Los padres de Lily yacían uno al lado del otro en la cama, inmóviles, con rostros pacíficos de una manera que no coincidía con la urgencia que se desarrollaba a su alrededor, y Reeves sintió un escalofrío en el estómago cuando sus ojos se dirigieron al detector de humo en la pared, su pequeña luz parpadeando inútilmente.
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Las pilas se habían acabado.
Los bomberos actuaron rápidamente, abrieron las ventanas y comenzó la ventilación, mientras los paramédicos trabajaban con urgencia concentrada, levantando, evaluando, estabilizando, con movimientos precisos y rápidos.
Afuera, Lily observaba desde la distancia, retorciendo con los dedos las orejas de su zorro de peluche hasta que las costuras se estiraban.
“¿Se van a despertar?” le preguntó a una enfermera que se agachó a su lado, con los ojos tiernos por encima de la máscara.
“Estamos haciendo todo lo que podemos”, respondió la enfermera, honesta sin ser cruel, con la mano apoyada ligeramente en el brazo de Lily.
Algo que no cuadraba
Mientras se aseguraba la casa y se controlaba el peligro inmediato, Cruz notó detalles que se negaban a ser una explicación simple, porque la válvula principal estaba abierta mucho más de lo normal y el conducto de ventilación cerca de la caldera había sido bloqueado deliberadamente, no por accidente o negligencia, sino por una toalla colocada con fuerza desde el interior.
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