Marina sonrió.
"Estoy en ello".
Empezó a caminar por las noches. Reorganizó los muebles del dormitorio. Compró ropa de cama nueva, no porque "tuviera que hacerlo", sino porque quería un color diferente. Tiró la camiseta vieja de Igor, que había encontrado accidentalmente detrás de la cómoda.
Un día en la tienda, su mano instintivamente buscó un pastel de "Tres Chocolates". Marina se quedó paralizada, pero finalmente lo cogió. Llegó a casa, preparó té, se cortó una rebanada y, por primera vez en mucho tiempo, se la comió, no por el recuerdo, sino simplemente porque sabía bien.
Y fue un pequeño pero importante regreso a sí misma.
Etapa 9: Cuando la traición deja de ser el centro de la historia
El divorcio fue más rápido de lo que esperaba. Igor no discutió. Probablemente entendió que no había nada que discutir. Dividieron el apartamento, pero Marina compró su parte con sus ahorros y la ayuda de su hermana; le dijo: "Puedes pagarle más tarde, cuando puedas. Lo importante es quedarte en casa".
El día de la firma final, Igor parecía mayor. No por la edad, sino porque de repente vio las consecuencias de sus decisiones y se dio cuenta de que no había vuelta atrás. "Si acaso...", empezó a decir fuera del juzgado. "Si necesitas..."
Marina negó con la cabeza.
"Solo necesito una cosa: que dejes de venir sin avisar".
Él asintió. Y se fue.
Marina lo vio irse y de repente se dio cuenta de algo simple: antes, todo su mundo interior giraba en torno a la pregunta "¿Por qué hizo eso?". Ahora la pregunta había cambiado.
"¿Qué haré ahora?".
Y en esa pregunta yacía la vida.
Regresó a casa, abrió la ventana y dejó entrar el aire de febrero. En el alféizar había una maceta de romero resistente, al que Igor una vez había llamado "tu hierba de la belleza". Marina pasó los dedos por la ramita, inhalando el aroma: ácido, vibrante, propio.
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