A Marina le dieron el alta tempranamente y en casa no le esperaba ninguna sorpresa.

Marina lo miró con calma.

"Y de verdad no quería encontrarme con mi compañero de piso en mi habitación después del hospital. Ya ves cómo es".

Bajó la mirada. Dejó las llaves en el estante.

De repente, al llegar a la puerta, se giró.

"¿Puedes encargarte de esto sola?"

Marina ni siquiera encontró una respuesta inmediata. La pregunta sonó casi solícita, casi como la de antes, y eso la hacía especialmente falsa.

"Ya me encargué de ello, Igor", dijo. "El día que abrí esta puerta".

Se fue.

Marina se quedó un buen rato en el pasillo, mirando las llaves. Luego los tomó y llamó a un cerrajero para que cambiara la cerradura.

Etapa 8: Nuevo Silencio y la Primera Mañana sin Olor a Otra Persona
Los primeros días después de su partida fueron extraños. El apartamento parecía demasiado tranquilo, demasiado grande, demasiado honesto. Nadie preguntaba qué había para cenar. Nadie dejaba calcetines tirados. Nadie encendía la televisión por la noche.

Marina esperaba sentirse abrumada por las lágrimas, el pánico, la melancolía. Pero en cambio, llegó la fatiga. Luego el sueño. Y luego, el hambre. El hambre normal, humana. Se preparó una sopa, puso música, se sentó junto a la ventana y, de repente, se sorprendió respirando profundamente. Sin un nudo en el pecho.

En su cita de seguimiento, el médico revisó sus pruebas y sonrió:

"Ahora sí que te estás recuperando. Elimina el estrés. Y duerme un poco".

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