A veces el amor llega cuando ya está...

Sin palabras.

Simplemente escribió: «Ya estoy en casa. Por favor, no me preguntes nada todavía».

Y no pregunté.

A veces, el silencio es lo único que puedes ofrecerle a alguien.

Pasó un mes.

Luego otro.

Ella seguía viviendo como antes. Trabajaba, me veía, sonreía de vez en cuando. Pero algo nuevo apareció en su sonrisa.

Una grieta.

Como si algo dentro de ella se hubiera roto, y ya no pudiera ocultarlo.

Lo vi, pero no lo toqué.

No hice preguntas.

Porque sabía que, si hubiera querido, me lo habría contado.

Pero permaneció en silencio.

Tres meses.

Seis meses.

Un año.

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