Antes de morir, tuvo una última petición: ver a su hija. Lo que ella le susurró ese día lo cambió todo.

“Pero tenga cuidado, señora. Quien hizo desaparecer a ese hombre también puede hacerla desaparecer a usted”.

Dolores se guardó el papel en el bolsillo. “A mi edad, Carmela, ya no tengo miedo de desaparecer. Tengo miedo de desaparecer sin haber hecho justicia”.

Cinco años antes, dos semanas antes de la tragedia, la oficina de Gonzalo Fuentes estaba en el décimo piso de un edificio de cristal en el centro financiero.
Sara entró sin avisar con una carpeta manila en las manos y fuego en la mirada.

“¿Qué significa esto?”, preguntó, arrojando los documentos sobre el escritorio de Gonzalo. Los miró sin pestañear. "¡Sara, qué sorpresa!"

¿No deberías estar cuidando a mi sobrina? No cambies de tema. Encontré el testamento original de tus padres, el verdadero.

Ramiro tenía derecho a la mitad de esas tierras. Tú las falsificaste. Gonzalo se levantó lentamente, cerrando la puerta de su oficina.

Cuidado con tus acusaciones, cuñada. Son palabras muy serias. No son acusaciones, son hechos. Contraté a un perito. La firma del testamento que presentaste es falsa.

Las líneas no coinciden. Voy a denunciarte, Gonzalo.

Voy a asegurarme de que Ramiro recupere lo que le robaste. Gonzalo se acercó a ella con calma calculada. ¿Y crees que alguien te va a creer? Mi compañero Aurelio es fiscal.

Mis contactos llegan hasta el gobernador. Tu palabra contra la mía no vale nada. Tengo pruebas. Las pruebas pueden desaparecer, y la gente también.

Sara sintió el peso de la amenaza, pero no se acobardó. «Tienes una semana para devolver lo que robaste. Si no, voy a la policía».

Voy a los periódicos. Voy a donde sea necesario.

Gonzalo sonrió. Esa sonrisa fría que Sara había aprendido a temer. «Una semana», entiendo. Afuera de la oficina, alguien había escuchado toda la conversación.

Martín Reyes, el jardinero, había venido a entregar unos documentos y se había quedado paralizado tras la puerta. Lo que acababa de oír podría costarle la vida, y tenía razón.

El pueblo donde vivía la madre de Martín se llamaba San Jerónimo.

Era un lugar olvidado por el tiempo, con calles de tierra y casas de adobe que parecían sostenidas por un milagro.

Dolores llegó después de un viaje de cuatro horas. Encontró la casa de Consuelo Reyes al final de una calle sin pavimentar, junto a un mango que daba sombra a la mitad del patio.

Consuelo era una mujer de 75 años con el rostro marcado por décadas de trabajo duro y años recientes de dolor.

Abrió la puerta con recelo. "¿Qué quieres?" "Soy abogada. Estoy investigando un caso que involucra a la familia Fuentes".

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