“Hay nuevas pruebas potenciales.”
“El caso se cerró hace cinco años.”
Méndez se quedó mirando la imagen congelada del rostro de Salomé en su monitor.
Una niña de ocho años con ojos que parecían guardar secretos más antiguos que ella.
“Dijo algo”, respondió en voz baja. “Y ese hombre cambió.”
Tras un largo silencio:
“Tienes setenta y dos horas. Ni un minuto más. Si esto no es nada, tu carrera está acabada.”
Méndez colgó y miró fijamente el patio de la prisión.
En algún lugar de este caso, había una verdad que nadie quería ver.
Y esa niña era la clave.
DOLORES MEDINA
A doscientos kilómetros de distancia, en una modesta casa de un barrio de clase media, Dolores Medina cenaba sola frente al televisor.
En su día fue una de las abogadas penalistas más respetadas del país.
Ahora está jubilada tras sufrir un infarto.
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