Antes de morir, tuvo una última petición: ver a su hija. Lo que ella le susurró ese día lo cambió todo.

La misma inocencia desesperada que nadie creía.

Su médico le había prohibido el estrés.

Su familia le había rogado que descansara.

Dolores cogió el teléfono.

“Carlos”, dijo. “Consígueme todo sobre el caso Fuentes. Todo”.

HOGAR SANTA MARÍA
El Hogar Santa María se encontraba a las afueras de la ciudad, rodeado de árboles centenarios y un silencio inquietante.

Dolores llegó a la mañana siguiente, armada con una credencial vencida y la determinación de quien no tenía nada que perder.

Carmela Vega, la directora de setenta años, la recibió con cautela.

“La niña está bajo protección”, advirtió Carmela. “No se permiten visitas no autorizadas”.

“Solo quiero entender cómo llegó aquí”, respondió Dolores con calma.

Tras una larga pausa, Carmela habló.

“Llegó hace seis meses. La trajo su tío Gonzalo. Dijo que no podía cuidarla”.

“¿Pero?”

Carmela dudó.

“Tenía moretones. Marcas en los brazos que nadie explicó. Desde que llegó, apenas habla. Apenas duerme. Pesadillas todas las noches”.

“¿Y después de ver a su padre?”

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