ANTES DE SER EJECUTADO, SU HIJA LE SUSURRA ALGO QUE DEJA A LOS GUARDIAS EN SHOCK
—¡Soy inocente! —rugió—. ¡Siempre fui inocente! ¡Y ahora puedo probarlo!
Citlali se aferró a su cintura, como si su pequeño cuerpo pudiera sostenerlo en pie.
—Es hora de que sepan la verdad —dijo ella, clara, firme, sin llorar—. Ya es hora.
Desde la ventana de observación, el coronel Navarro sintió que su instinto encendía todas las alarmas. Descolgó el teléfono, marcó un número que usaba pocas veces y habló como quien corta una cuerda antes de que alguien caiga.
—Detengan todo. Necesito una suspensión. Tenemos un problema.
Horas después, en su despacho, Navarro reproducía una y otra vez el video de seguridad: el abrazo, el susurro, el hombre transformado. Había visto confesiones falsas, culpables llorar, inocentes resignarse… Pero nunca esa clase de certeza ardiente en unos ojos cansados.
—Setenta y dos horas —concedió a regañadientes el fiscal al teléfono—. Ni un minuto más. Y si esto es una pérdida de tiempo, tu carrera está acabada, Navarro.
Navarro colgó y miró la imagen congelada de Citlali. Una niña de ocho años había torcido el destino con dos o tres palabras.
A doscientos kilómetros, en un apartamento modesto de Ciudad de México, una mujer de cabello gris cenaba sola frente al noticiero. Lourdes Salazar, ex abogada penalista, temida en los tribunales y respetada por sus enemigos… hasta que un infarto la obligó a retirarse. Pastillas, telenovelas, silencio. Esa era su vida ahora.
Hasta que vio el rostro de Ramiro en la pantalla.
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