—Hola…
La voz de un hombre sonó lenta, satisfecha:
—Buenas noches, Caroline. ¿O debo llamarla… Busty Granny?
Caroline sintió que la sangre se le helaba.
—¿Quién es usted?
Él rió.
—Soy alguien que puede hacer que toda su iglesia, y todo su pueblo, se enteren de quién es usted en realidad… si no hace lo que le digo.
Caroline apretó el teléfono.
—¿Qué quiere?
—Quiero que me vea. Mañana. 9 pm. Hotel Aurora.
Caroline colgó y supo que estaba ante una frontera: volver a inclinar la cabeza, o caminar al frente y asumir el precio.
Ella eligió caminar.
Esa noche llamó a Graham y al abogado Peter. Acordaron grabar el encuentro, obtener pruebas, no dejarla sola.
En el Hotel Aurora, el hombre apareció con fotos de Caroline. No había desnudez, pero sí material para insinuaciones. El chantajista no pedía dinero: pedía control.
—Quiero que venga conmigo —dijo— Una semana. Yo quiero mi “privilegio” con Busty Granny.
Caroline se revolvió por dentro.
—No.
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