Cuando un adulto eleva la voz o expresa enojo, el sistema nervioso del niño interpreta la situación como una posible amenaza. No se trata de un pensamiento consciente, sino de una respuesta automática del cerebro, diseñada para proteger. El organismo libera hormonas asociadas al estrés, como el cortisol, y el pequeño entra en un estado de alerta permanente. Este mecanismo es útil ante peligros reales, pero cuando se activa de manera repetida en el hogar, puede generar efectos no deseados.
Un bebé necesita sentir calma, seguridad y amor para desarrollarse de forma saludable. Necesita percibir que el entorno que lo rodea es predecible, estable y protector. Aunque no lo exprese con palabras, su bienestar emocional depende de esa sensación básica de estar a salvo. Cuando el ambiente familiar se ve atravesado por discusiones constantes, esa seguridad se ve alterada, y el cerebro infantil aprende a anticipar el conflicto.
Los especialistas explican que un niño que crece en un clima de discusiones frecuentes puede aprender a estar en alerta incluso antes de aprender a hablar. Esto significa que su sistema nervioso se acostumbra a funcionar en un estado de vigilancia continua, esperando que algo negativo ocurra. Con el tiempo, este patrón puede influir en su forma de relacionarse, en su manejo de las emociones y en su capacidad para regular el estrés.
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