Cuando los médicos le informaron que a su esposa le quedaban solo unos días de vida, se inclinó sobre la cama del hospital y, disimulando su satisfacción con una sonrisa fría, murmuró:

Una leve tensión en su mandíbula lo delató, aunque la disimuló rápidamente. Lucía lo notó cuando entró en su habitación.

—Cariño… —dijo con dulzura, acercándose a su cama—. Te ves pálida.

Lucía respiraba con dificultad, con los ojos apenas abiertos.

—Estoy cansada —murmuró.

Él se inclinó más cerca.

—He hablado con el abogado. Solo por precaución. Por si las cosas… empeoran.

Lucía abrió los ojos del todo y lo observó.

—Siempre pensando en el futuro —dijo con calma.

Por un breve instante, su compostura flaqueó.

—Solo estoy protegiendo lo nuestro.

—¿Lo nuestro? —repitió en voz baja.

En ese momento, Carmen entró con una bandeja, rompiendo la tensión. Alejandro se hizo a un lado, pero su mirada se desvió hacia la bomba de suero. Carmen lo notó de inmediato.

—Por favor, no toques el equipo.

—Tranquilo —respondió con rigidez.

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