Cuando los médicos le informaron que a su esposa le quedaban solo unos días de vida, se inclinó sobre la cama del hospital y, disimulando su satisfacción con una sonrisa fría, murmuró:

Esa misma tarde, Alejandro fue llamado al despacho del director médico.

—Señor Martínez —comenzó el doctor con neutralidad—, hemos detectado irregularidades en ciertas órdenes de medicación.

—¿Irregularidades?

—Medicamentos que normalmente no están indicados para este diagnóstico, autorizados con su firma.

Alejandro frunció el ceño. —Confié en la experiencia del personal.

—Curiosamente, desde que se suspendieron esos medicamentos, el estado del paciente ha mejorado.

El silencio que siguió fue denso.

—¿Sugiere algo? —preguntó con frialdad.

—Estamos revisando los hechos.

Cuando se marchó, su confianza parecía tambalearse.

Esa noche, entró en la habitación de Lucía sin saludarla.

—¿Qué les dijiste? —preguntó en voz baja.

Lucía lo miró con una serenidad inesperada.

—La verdad.

—Nadie te va a creer. Estabas sedada.

—No del todo.

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