Cuando la pluma rasgó el papel, sentí un nudo en el estómago.
No satisfacción. No alegría. Solo la certeza del final.
De pie por mí misma
Esa noche, me levanté del sofá sin muletas por primera vez. Mi pierna se mantuvo firme bajo mí.
Di un paso con cuidado. Luego otro. Ya no cojeaba.
Por primera vez desde la lesión, sonreí. No porque hubiera ganado algún juego. Sino porque por fin podía valerme por mí misma.
Seguían pensando que yo era la hija que siempre lo resolvería todo. La que siempre se las arreglaría con menos.
No tenían ni idea de lo que acababan de firmar.
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