Me bastaba con reconstruir la mía propia.
Tres años después, salía de una reunión.
Lo vi al otro lado de la calle.
Llevaba un mono gris.
Esperaba junto a una furgoneta de reparto.
Había envejecido más de lo que debería.
Levantó la vista hacia la fachada de mi empresa.
Se quedó inmóvil.
Sobre la puerta, con letras nuevas, brillaba el nombre que siempre debió haber estado allí: Reyes Suministros.
No vino a hablar conmigo.
No hacía falta.
Comprendí entonces exactamente lo que le había arrebatado.
No solo una empresa.
No solo una casa.
No solo un puesto.
Le quité la costumbre de sentirse indispensable en un lugar que nunca le perteneció.
Y eso fue lo que más lamentó el resto de su vida:
No haber perdido por amar a otra mujer…
Sino haberlo perdido todo por creer que yo seguiría esperando mientras él se repartía mi mundo como si fuera suyo.
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