PARTE 1
—No soy tu banco, Maya. Ya me cansé de mantener parásitos.
Mi mamá me lanzó esa frase en medio del restaurante, con la misma tranquilidad con la que otras mujeres piden otra copa de vino. El mantel blanco, las velas, el piano en vivo y la vista elegante de Polanco no alcanzaron para tapar el silencio que cayó sobre la mesa. Hasta el mesero que iba pasando con una charola se quedó quieto.
Yo había llegado veinte minutos tarde. Venía de cerrar, en una oficina de Santa Fe, un contrato de escritura fantasma por una cifra que me habría permitido comprar ese restaurante entero si se me antojaba. Mi familia, por supuesto, no sabía nada. Para ellos yo era la hija rara, la que “escribía cositas”, la que seguía viviendo en un departamentito prestado en la Narvarte, la que jamás había logrado estar “a la altura” del apellido Salvatierra.
Al acercarme a la mesa, me encontré la escena de siempre: exceso, apariencias y desprecio servido en vajilla cara. Mi mamá, Patricia, llevaba un conjunto de diseñador que costaba más que mi primer coche. Mi hermana menor, Ximena, brillaba con un vestido plateado pegado al cuerpo y una sonrisa de selfie permanente. Y a su lado estaba Aarón, su marido, con esa postura de hombre que cree que el mundo entero fue puesto ahí para admirarlo.
La cuenta ya debía ir por encima de los cien mil pesos. Caviar, mariscos, tres botellas de vino francés y un postre que nadie había tocado.
—¿Y todo esto quién lo paga? —pregunté, tomando un pedazo de pan.
Mi mamá soltó una risa suave.
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