Llegó sin maquillaje.
Con Mateo dormido en el cochecito.
Y una serena vergüenza en su rostro.
Me contó que Fernando le había dicho algo:
que yo era prácticamente su exesposa.
Que llevábamos años durmiendo separados.
Que la empresa era suya.
Le mostré todo, sin dramatismos:
Dos escrituras, varios extractos, el acta notarial de terminación.
No lloró.
Solo asintió una vez.
Un asentimiento prolongado, como el de alguien que termina de cerrar un capítulo desagradable.
«Así que nos mintió a los dos», dijo.
«Sí».
No nos hicimos amigas.
No fue eso.
Pero nos fuimos de esa mesa entendiendo el mismo problema.
Esa misma semana, Camila dejó el apartamento en Guadalajara.
Se fue con el niño a casa de su hermana en Mérida.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
