“Todo lo demás irá a personas que realmente necesitan ayuda”, dije. “Personas que no ven a sus padres como una herencia esperando morir.”
El rostro de Diego se puso rojo de ira.
“¡No puedes hacernos esto!”
Lo miré fijamente.
“Ya lo hiciste.”
La habitación quedó en silencio.
Por primera vez desde que desperté del coma, sentí algo que no había sentido en mucho tiempo.
Paz.
Porque comprendí una verdad dolorosa pero necesaria:
A veces, sobrevivir a la muerte no es el mayor milagro.
El verdadero milagro es despertar a tiempo… para ver quién está realmente a tu lado.
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