Cuando sentí el golpe seco en mi rostro el día de nuestra boda… supe que ese hombre nunca más…

Al llegar al altar, Alejandro no se giró para verla venir. mantuvo mirando fijamente al Cristo de madera al fondo de la iglesia con la mandíbula tensa. Cuando el padre de María Fernanda le entregó la mano de su hija, Alejandro la tomó con fuerza, sin delicadeza, y sus dedos se sintieron húmedos y fríos. Ella lo miró buscando esa complicidad que solían tener, pero él mantenía la vista al frente, respirando por la boca de manera pesada. La ceremonia avanzó en una especie de neblina tensa donde las palabras del sacerdote parecían rebotar contra un muro invisible.

Alejandro se secaba el sudor de la frente constantemente con un pañuelo, luciendo cada vez más irritado por la duración de la misa. Cada vez que el padre hablaba sobre el amor, la paciencia y el respeto, el novio hacía muecas imperceptibles como si le molestara escuchar esos consejos. Llegó el momento de los votos y la voz de María Fernanda salió clara y dulce, llena de una esperanza genuina que conmovió a varias señoras en las primeras filas. Cuando fue el turno de Alejandro, sus palabras sonaron atropelladas, dichas con prisa, como quien quiere terminar un trámite burocrático engorroso.

No la miró a los ojos ni un solo segundo, mientras prometía amarla y respetarla todos los días de su vida. El intercambio de anillos fue torpe. A él le costó deslizar la argolla en el dedo de ella y lo forzó con impaciencia hasta que entró. María Fernanda sintió un pequeño dolor en el dedo, pero no dijo nada, manteniendo esa sonrisa perfecta que había ensayado frente al espejo. En su mente justificaba todo pensando que Alejandro estaba estresado por la boda, por los negocios o por el calor insoportable de la iglesia.

Cuando el sacerdote los declaró marido y mujer, el beso que Alejandro le dio fue más un choque de bocas que un gesto de amor romántico. Se separó de ella rápidamente y comenzó a caminar hacia la salida sin esperarla, obligándola a trotar un poco para alcanzarlo y tomarlo del brazo. Los invitados aplaudieron, lanzaron arroz y pétalos blancos, creando una lluvia festiva que contrastaba con la cara de pocos amigos del recién casado. salieron al atrio donde la luz del sol los golpeó de nuevo y el fotógrafo oficial de la boda los detuvo para la sesión de fotos obligatoria con la fachada de la iglesia.

Alejandro resopló audiblemente, aflojándose el nudo de la corbata con desesperación, buscando con la mirada a algún mesero que trajera bebida. “Solo un par de fotos más, por favor, es la mejor luz del día”, insistió el fotógrafo tratando de dirigir la escena. Ya estuvo bueno, ¿no?, dijo Alejandro con voz pastosa, lo suficientemente alto para que lo escucharan sus padres y los suegros que estaban cerca. Tengo sed y hace un calor del demonio aquí afuera. Vámonos ya al salón.

La madre de María Fernanda se abanicó más rápido, nerviosa por el tono grosero de su yerno, pero prefirió voltear la cara. El fotógrafo, profesional pero visiblemente incómodo, pidió una última toma. Un abrazo, por favor, y una mirada llena de amor hacia la novia. Alejandro pasó su brazo por los hombros de María Fernanda, pero su peso era muerto, una carga más que un abrazo protector. Ella podía oler el alcohol emanando de sus poros. Una mezcla rancia que le revolvió el estómago por primera vez en el día.

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