Mi marido me echó a la calle en toalla por negarme a vivir con mi suegra, pero nunca imaginó que…

—Camila…
Una voz rompió el silencio de la lluvia.

Levantó la vista, con el corazón acelerado. La lluvia le caía por la cara, mezclándose con lágrimas que ya no podía distinguir entre dolor y rabia.

Bajo la tenue luz amarilla de la farola, una figura se apresuró hacia ella.

—¿Diego?

Su voz temblaba.

Su hermano. El que no había visto en meses, porque Álvaro siempre encontraba la manera de mantenerlos separados.

Diego no dijo nada. Se quitó la chaqueta y se la puso suavemente sobre los hombros.

Al ver la marca en su mejilla, su expresión cambió.

No era sorpresa.

Una rabia contenida. Fría y silenciosa.

—¿Quién te hizo esto?

Camila no respondió.

No hacía falta.

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