Cuando sentí el golpe seco en mi rostro el día de nuestra boda… supe que ese hombre nunca más…

Se sentía sucia, manchada por la violencia pública, como si hubiera perdido una dignidad que nunca recuperaría. En la mesa de centro de la sala había quedado olvidado el ramo de novia que traía en la mano cuando llegó un arreglo de rosas blancas y orquídeas que había costado una fortuna. Con el paso de los días, las flores comenzaron a marchitarse. Los pétalos blancos se volvieron marrones y crujientes, cayendo uno a uno sobre el mantel bordado. María Fernanda se sentaba en el sillón a observarlas durante horas, viendo en ese ramo moribundo la metáfora perfecta de su matrimonio y de su amor propio.

Nadie se atrevió a tirar las flores a la basura. Se quedaron ahí como un monumento fúnebre a las ilusiones rotas. Doña Soledad entraba a la habitación con platos de caldo de pollo y tazas de atole caliente, obligando a su nieta a comer al menos unas cucharadas para que no enfermara. El cuerpo sana rápido, mi niña. Lo que tarda es el alma. Pero esa también tiene cura si uno quiere, le decía con su voz rasposa, pero llena de cariño.

La anciana no la presionaba para hablar, simplemente se sentaba a tejer a su lado, ofreciendo su compañía silenciosa como un ancla en medio de la marea emocional. Sabía que las palabras sobraban cuando el dolor era tan grande que ocupaba todo el espacio de la casa. Abajo en el pueblo, la vida continuaba con su ritmo habitual, pero el tema de conversación en cada esquina seguía siendo la boda fallida y el paradero del novio. La sociedad se dividió. Mientras la mayoría apoyaba a María, no faltaban las voces machistas y crueles que susurraban que algo le habría hecho ella para ponerlo así.

Esa hipocresía social llegaba a oídos del padre de María, quien tuvo que contenerse varias veces para no pelear a golpes con antiguos amigos en la cantina. La vergüenza se extendía como una mancha de aceite, afectando a todos los que tenían el apellido de ambas familias. La madre de Alejandro intentó llamar a la casa de la abuela en un par de ocasiones, buscando, según ella, mediar la situación y ver cómo estaba su nuera. Doña Soledad, con la firmeza de un roble, contestó el teléfono fijo y le prohibió volver a marcar, diciéndole que su hijo no tenía perdón de Dios ni de los hombres.

No se atreva a molestarla, señora. Ocúpese de la vergüenza de hijo que crío y déjenos en paz. Sentenció antes de colgar con fuerza. Fue la primera vez que alguien ponía en su lugar a la matriarca de los ricos, defendiendo a María como una leona. Las noches en la sierra eran largas y frías. llenas de sonidos de animales nocturnos y del crujir de la madera vieja que asustaban a María Fernanda en su estado vulnerable. Se despertaba sobresaltada, sudando frío, buscando instintivamente protegerse la cara con las manos ante un golpe imaginario que ya no estaba allí.

El trauma se había instalado en sus reflejos, convirtiéndola en una criatura asustadiza que temía a su propia sombra y a los ruidos fuertes. Lloraba en silencio para no despertar a su abuela, mordiendo la almohada para ahogar los soyosos de desesperación absoluta. Pasaron dos semanas y el ramo de flores en la mesa ya era un esqueleto seco y triste. Pero María Fernanda seguía sin fuerzas para tirarlo o para salir al jardín. Se sentía como una prisionera en su propio cuerpo, atrapada en un ciclo de depresión que le quitaba las ganas de bañarse o de peinarse.

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