A pesar de su fuerza, el ataúd no se movía. Se esforzaron y gruñeron, con los músculos tensos, pero el ataúd permanecía anclado al suelo, como si algo invisible lo sujetara. Una anciana frágil entre la multitud murmuró:
«Debe de seguir de luto… no está lista para irse».
El sacerdote, que estaba cerca, habló con suavidad:
«Abran el ataúd. Todavía tiene algo que decir».
Con manos temblorosas, la familia abrió el ataúd. Al levantarse lentamente la tapa, se oyeron jadeos entre la multitud. El rostro de Anaya, aunque sereno, aún brillaba con lágrimas. Sus ojos permanecían ligeramente cerrados, pero la humedad en sus pestañas revelaba dolor incluso en la muerte.
Meera gritó y se desplomó junto al ataúd, aferrándose a la mano fría de Anaya.
«Anaya… hija mía… por favor, no llores… Si hay algo que no pudiste decir, por favor, dímelo… Perdónanos, querida…»
Un silencio sepulcral se apoderó de la multitud. De repente, un sollozo ahogado rompió el silencio. Todas las miradas se dirigieron a Aryan, el esposo de Anaya. Se había desplomado de rodillas, con el rostro entre las manos, sollozando desconsoladamente.
Meera se giró alarmada, con la voz temblorosa:
«Aryan… ¿qué pasa…? ¿La oíste?»
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