“¡Mentiras!”, gritó Ofelia.
“¿Mentiras?”, dije con calma. “¿Y qué hay del audio donde le dijiste: ‘Cuando la casa esté a nombre de los dos, por fin entenderá quién manda’?”
Se desató el caos.
Varias voces la interrogaron. Alguien pronunció su nombre con brusquedad.
Sergio susurró la mía, derrotado.
“Mi madre no lo dijo con esa intención…”
“No me importa lo que haya querido decir. Me importa que lo haya dicho. Y que tú hayas estado de acuerdo.”
El silencio que siguió fue denso e incómodo.
Entonces di el golpe final.
“Y no cambié las cerraduras por si acaso. Las cambié porque entraron a robar en mi casa la semana pasada.”
Un jadeo ahogado.
“Las cámaras lo grabaron todo. Tú y Sergio entrando en la oficina. Abriendo cajones. Buscando documentos.”
“No sabes lo que dices”, murmuró Sergio, pero su voz se quebró.
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