En un momento de desesperación, el dueño de un hotel necesitaba una mujer que se hiciera pasar por su esposa para una cena crucial con inversores.
Sin tiempo que perder, eligió a una de sus doncellas y le indicó que se sentara en silencio, sonriera y no dijera nada. Lo que sucedió esa noche dejó atónitos a todos en la mesa.
El hotel estaba en apuros. La temporada había sido desastrosa, las habitaciones estaban vacías y los acreedores rondaban. Mientras estaba sentado en su oficina revisando sombríos informes financieros, sonó el teléfono. El número internacional le revolvió el estómago.
Eran los mismos inversores árabes que habían financiado la renovación del hotel.
Los saludó con fluidez en árabe. La conversación fue breve y directa.
"Cena esta noche. Los esperamos a usted y a su esposa".
Antes de que pudiera aclarar que no estaba casado, la llamada terminó.
La supervivencia del hotel dependía de esta alianza. Si los inversores se retiraban, todo se derrumbaría. No tenía más remedio que asistir.
Pero necesitaba una esposa, ¡ya!
Contratar a una actriz parecía arriesgado. Pedirle ayuda a una amiga sería humillante. El tiempo se agotaba.
En ese momento, llamaron a su puerta.
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