María Elena Salgado Beltrán.
Las letras comenzaron a bailar frente a mis ojos.
—Yo… yo soy María López.
—Eso te hicieron creer —dijo él con una tristeza seca—. Pero naciste como María Elena Salgado, hace diecisiete años, en una clínica de Pachuca. Mi hija murió esa misma noche, después del parto.
Levanté la cabeza. Ya no podía respirar bien.
—Entonces… ¿por qué terminé con Ernesto y Clara?
Don Ramón cerró los ojos un segundo, como si esa pregunta lo hubiera perseguido por años.
—Porque te robaron.
La palabra cayó como un trueno.
Robada.
No abandonada. No regalada. No recogida por compasión. Robada.
Mis manos empezaron a sudar. Sentí náusea. Recordé todos los golpes, todos los insultos, todas las veces que Clara me había mirado como si yo fuera una mancha en el piso. De pronto, algo tuvo sentido de la peor manera posible: nunca me quisieron porque nunca fui suya.
Don Ramón me contó la verdad de corrido, como quien ya no soporta seguir guardando un veneno.
Su hija Elena se había enamorado de un muchacho trabajador, hijo de mineros. Iban a casarse, pero él murió en un accidente antes de que yo naciera. Ella decidió seguir con el embarazo. Don Ramón la apoyó, aunque el dolor la fue apagando poco a poco. Cuando llegó la hora del parto, hubo complicaciones. Elena murió desangrada. A él le avisaron demasiado tarde. Cuando llegó a la clínica, le dijeron que el bebé también había fallecido horas antes.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
