A la mañana siguiente comenzó un viaje que jamás habrían imaginado.
Al día siguiente, la familia estaba sentada en la sala de espera del consultorio del Dr. Benson. El olor estéril del desinfectante se mezclaba con el murmullo de las conversaciones de otros pacientes.
Aaliyah golpeaba el suelo con el pie, impaciente, mientras Amara deslizaba el dedo por su teléfono intentando distraerse de la tensión. Su madre permanecía en silencio, las manos aferradas a su bolso, los ojos fijos en la puerta que conducía a las salas de examen.
Cuando llamaron sus nombres, las tres entraron en el despacho.
El médico las recibió con su habitual amabilidad, pero su actitud cambió en cuanto abrió el expediente con los resultados del ADN.
—Permítanme revisar esto —dijo, ajustándose las gafas.
Pasó las páginas y luego se detuvo en seco. Su sonrisa se desvaneció.
—¿Qué ocurre? —preguntó su madre, inclinándose hacia adelante.
La expresión del Dr. Benson era indescifrable.
—Debo examinar esto más detenidamente antes de sacar conclusiones. ¿Les importa si me ausento un momento?
La habitación quedó en silencio cuando salió, cerrando la puerta tras de sí. El tic-tac del reloj en la pared se volvió ensordecedor, cada segundo estirándose hasta el infinito.
—Mamá… ¿qué está pasando? —susurró Amara.
—No lo sé, cariño —respondió ella, aunque su rostro delataba incertidumbre—. Esperemos al médico.
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