En la enorme cocina les sirvieron pollo frito, arroz, frijoles, pan dulce y jugo fresco. Maya miraba todo como si fuera un sueño. Pero antes de probar bocado, Lino preguntó:
—¿Podríamos llevarle comida a nuestra hermana?
Aquella pregunta rompió la última barrera en el corazón de Don Arturo.
—No —respondió suavemente—. Vamos a verla.
Subieron a su camioneta y condujeron hasta la colonia humilde. Don Arturo descendió y vio la pequeña vivienda, el techo improvisado, la joven enferma ardiendo en fiebre.
Sin pensarlo, llamó a su chofer.
—Llévenla al mejor hospital privado. Yo me encargo de todo.
Rosa fue internada esa misma noche. Recibió tratamiento adecuado, medicamentos, estudios. En pocos días, su fiebre comenzó a bajar. Cuando despertó con claridad, vio a sus hermanos a un lado de la cama… y al elegante anciano sentado en silencio junto a ellos.
Pasaron las semanas. Rosa se recuperó completamente.
Una tarde, Don Arturo los reunió en su jardín ya limpio.
—He vivido muchos años solo —dijo—. Mi esposa y yo no tuvimos hijos. Y ustedes… me han recordado algo que creía perdido.
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