Esa noche, los niños convirtieron el baño en un pantano, y por primera vez en años, la risa llenó cada rincón de la casa.
Durante tres semanas, vivimos en algo que parecía magia prestada: cuentos para dormir, cenas de panqueques, torres de LEGO y dos pequeños que poco a poco aprendían a alcanzarnos.
Aproximadamente una semana después de su llegada, me senté al borde de sus camas en la oscuridad, escuchando su respiración pausada. Todavía me llamaban «Señorita Hanna», pero empezaban a ser más cercanos.
Ese día terminó con William llorando por un juguete perdido y Matthew negándose a cenar.
Mientras les arropaba la barbilla con las mantas, Matthew abrió los ojos.
—¿Vas a volver mañana? —susurró.
Sentí un nudo en la garganta. —Siempre, cariño. Estaré aquí cuando despiertes.
William se giró hacia mí, aferrado a su osito de peluche, y por primera vez, me tomó de la mano.
Pero Joshua empezó a distraerse.
Al principio, fue sutil. Llegaba a casa más tarde de lo habitual.
—Un día duro en el trabajo, Hanna —decía, evitando mi mirada.
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