Nunca lo había sido.
Derek leyó la primera página dos veces.
Luego una tercera vez, más despacio.
Detrás de él, Gloria estaba en el porche con un cárdigan lila, una bolsa de viaje en cada mano, ya irritada por el viaje. Melanie, con leggings y gafas de sol enormes, dejó caer su maleta y se inclinó para ver.
—¿Qué te pasa? —espetó Gloria—. Abre la puerta.
Derek no se movió.
Todo su cuerpo se había quedado rígido.
Yo estaba justo dentro del vestíbulo, donde él podía verme a través del estrecho cristal junto a la puerta. Tranquila. Inmóvil. Sin esconderme.
Eso, más que nada, pareció desconcertarlo.
Golpeó la puerta una vez con el puño. —¡Amanda!
La abrí a medias; la cadena seguía puesta.
—¿Qué? —pregunté.
Sostuvo los papeles como si estuvieran escritos en otro idioma. —¿Qué es esto?
—Lee la página tres —dije.
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