“Pero parece que media Monterrey ya sabe quién eres”.
Me reí.
“Qué vergüenza”.
Daniel soltó una risita.
“Bueno, si te sirve de consuelo… no vine por eso”.
“¿Entonces por qué?”.
Se encogió de hombros.
“Porque llevas veinte minutos mirando la misma página de ese libro”.
Bajé la mirada.
Tenía razón.
Me eché a reír a carcajadas.
Por alguna razón, hablar con él me resultaba fácil.
Natural.
Sin expectativas.
Sin heridas del pasado.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
