—Es una petición poco común.
—Lo sé. Pero no vienen por mí. Vienen por la lana. Quiero que entren y vean el cuarto vacío.
Su expresión no cambió, pero en sus ojos vi que entendía más de lo que iba a decir.
—Por confidencialidad, sin su autorización no puedo dar información. Así que, en términos prácticos, sí: se enterarán solos.
Yo asentí.
Entonces tomé una hoja y escribí la nota con una mano sorprendentemente firme:
Mamá, papá:
Cuando lean esto, yo ya no voy a estar aquí.
Sé que vinieron porque se dieron cuenta de que dejé de mandarles dinero. No les voy a dar un peso más y no quiero volver a verlos.
Para mí, esto se acabó.
Teresa.
La dejé sobre la cama, perfectamente visible, y salí del hospital con una bolsita de medicamentos, una carpeta de estudios y una calma helada que no conocía.
En el coche de aplicación, de regreso a mi departamento, lloré.
No por tristeza solamente. También por alivio. A veces romperse una termina pareciéndose mucho a descansar.
Lo primero que hice al llegar fue hablarle a Arturo para avisarle que ya me habían dado el alta y que sí me iba a tomar el mes. Lo segundo fue mirar mi departamento en silencio. Había vivido ahí años y nunca lo había observado de verdad. La mesa pequeña. La planta medio seca junto a la ventana. La taza que había dejado sin lavar el día del infarto. Mi vida. Tan cansada. Tan sola. Tan sostenida a pura voluntad.
Me juré que, si salía bien de esa, nada volvería a costarme la salud.
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