—Tú sabes que ahorita no se puede, Tere.
—No seas egoísta.
—Hay que apoyar a tu hermana.
—Tú eres la fuerte, mi amor.
La fuerte.
Esa etiqueta también duele, solo que tarda años en notarse.
Todo se rompió de verdad cuando yo tenía quince años.
Iba pasando por el cuarto de mis papás una noche y escuché mi nombre. Me quedé quieta. No por chismosa, sino porque el propio nombre a esa edad suena como alarma. Mi mamá hablaba con esa tranquilidad suya que siempre me ha parecido la forma más cruel de la violencia.
—Hay que mover el ahorro de la universidad de Teresa a lo de Emilia.
Silencio.
Luego mi papá, flojo, como siempre que se trataba de mí:
—¿Y Teresa?
Mi madre soltó un suspiro de fastidio.
—Teresa es lista. Ella se las arregla. Siempre se las arregla. Emilia necesita más apoyo. La danza es carísima. Si sigue mejorando, puede entrar a una escuela buena, al INBAL, al Cenart, a algo importante. No vamos a cortar eso por una universidad. Teresa puede buscar beca.
Todavía hoy, si cierro los ojos, siento el pasillo bajo mis pies. El foco amarillo. El olor a suavizante de la ropa doblada. Y dentro de mí, algo hundiéndose con una lentitud espantosa.
El ahorro para mi universidad.
Mi futuro.
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