Descansar.
Cómo se supone que una descansa después de descubrir que su propia madre consideró más importante un brindis que su respiración.
Me quedé sola con las máquinas, el techo blanco y mis recuerdos.
Los recuerdos son traicioneros. Se aparecen no como una línea ordenada, sino como un montón de cristales revueltos que uno va pisando descalzo. Mientras yo seguía acostada, conectada a tubos, mi cabeza volvió a donde todo había empezado. A la primera vez que supe, aunque todavía no tuviera palabras para nombrarlo, que en mi casa yo había dejado de ser hija en el momento exacto en que nació Emilia.
Yo tenía siete años cuando llegó. La esperé con una ilusión ridícula y preciosa. Recuerdo haberle pedido a mi mamá que me dejara ayudar a escoger la ropita. Recuerdo frotarle la barriga y decirle que yo iba a cargar a la bebé, a cantarle, a cuidarla. En las fotos de ese tiempo salgo sonriendo con una emoción limpia, como si de verdad creyera que la llegada de una hermana era una fiesta compartida.
No lo fue.
En cuanto Emilia apareció, yo me volví el ruido de fondo. Todo era Emilia sonrió, Emilia ya volteó, Emilia agarró el dedo, Emilia está preciosa, Emilia parece muñeca. Mi mamá se hizo experta en ese tipo de devoción que tiene algo de adoración religiosa. Mi papá, que conmigo había sido apenas tibio pero cariñoso a ratos, se fue acomodando a girar también alrededor de ella. Yo pasé de ser el centro a ser la niña razonable, la que entiende, la que ayuda, la que no da lata.
Cuando una niña escucha suficiente tiempo que es “la que entiende”, aprende que sus necesidades estorban.
Emilia creció pidiendo y recibiendo. Yo crecí observando. Si quería algo, lloraba o sonreía y lo conseguía. Clases de danza desde chiquita. Vestuarios caros. Zapatos especiales. Una academia privada cuando ya de adolescente dijo que quería dedicarse “en serio” al ballet contemporáneo. Mi mamá hablaba de sus piruetas como si nos hubieran tocado por milagro. Mi papá trabajaba horas extras para pagar sus inscripciones y luego llegaba rendido a verla ensayar en la sala, con esa mezcla de cansancio y orgullo que yo no recuerdo haberle inspirado nunca.
Yo usaba ropa que primero había sido de una prima y luego quién sabe de quién más. Mis útiles escolares se compraban con cuidado, comparando precios, viendo qué podía durar otro año. Si pedía algo extra, la respuesta casi siempre era una versión elegante de no.
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