El heredero del hombre más temido no dejaba de llorar en pleno vuelo hasta que una madre soltera hizo lo impensable para salvarlo

Cuando el avión aterrizó, el destino de ambos se había sellado. Mariana intentó desaparecer, volver a su existencia vacía, pero un imponente coche negro la interceptó a la salida del aeropuerto. Las órdenes eran claras: el don la necesitaba. O mejor dicho, su hijo la necesitaba. Fue llevada a Villa Mancelli, una mansión que era tanto una fortaleza inexpugnable como una prisión de oro. Alessandro le pidió, con una vulnerabilidad que desarmaba, que se quedara solo una semana para estabilizar al bebé. Ella aceptó.

Los días en la mansión se convirtieron en un bálsamo inesperado. Cada tres horas, Mariana alimentaba a Alessio en el silencio de la madrugada, y cada vez, Alessandro estaba allí, en una esquina, observándolos. Él le contó sobre su pasado, sobre la brutalidad de su padre, sobre su deseo frustrado de dejar el imperio por su esposa, sobre su miedo a perder lo único puro que le quedaba. Mariana encontró en ese hombre temido a un ser humano con el alma en carne viva. Y Alessandro encontró en Mariana la luz que creía extinta. Ya no era solo la mujer que salvaba a su hijo; se había convertido en el ancla que le impedía hundirse en la oscuridad. Las miradas se volvieron más largas, los roces accidentales dejaban la piel ardiendo, y el eco de la muerte parecía, por fin, desvanecerse en las paredes de la casa.

Pero en el oscuro y sanguinario mundo en el que Alessandro había nacido, la felicidad no es una recompensa; es un punto ciego. Es el momento exacto en el que bajas el escudo y expones la yugular. La paz de Villa Mancelli pendía de un hilo finísimo, y alguien, desde las sombras, acababa de cortarlo. La puerta de la habitación del bebé se abrió de golpe. Renzo, la mano derecha de Alessandro, entró con el rostro pálido y la respiración agitada. Las viejas tradiciones dictaban que la mujer que alimentaba al heredero de un don se volvía intocable, sagrada, parte de la familia. Pero Salvatore Vital, el enemigo más antiguo y sanguinario de los Mancelli, no respetaba tradiciones. Había descubierto el secreto. Sabía que Alessandro tenía un nuevo punto débil, un corazón latiendo fuera de su cuerpo. Renzo miró a Mariana con urgencia y luego se volvió hacia su jefe. “Vienen por ella, Alessandro. Esta misma noche. Y no vienen a negociar; vienen a matarla para destruirte a ti.”

El aire en la habitación se volvió irrespirable. El rostro de Alessandro se transformó en una fracción de segundo. La vulnerabilidad del padre desapareció, tragada por la fría y calculadora furia del líder de la mafia. “Preparen todo. Nos movemos ahora,” ordenó con una voz que helaba la sangre. Mariana abrazó a Alessio, apretándolo contra su pecho, sintiendo cómo el terror le paralizaba las piernas. ¿Estaba a punto de morir por haber intentado salvar a un niño?

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