“No dejaré que te toquen. Te lo juro por mi vida,” le susurró Alessandro, tomándola por los hombros con una firmeza que intentaba anclarla a la realidad.
Minutos después, huían por un túnel subterráneo húmedo y estrecho que conectaba la biblioteca con un bosque cercano. El frío de la noche les cortaba el rostro. Subieron a una camioneta blindada conducida por Esteban, otro de los hombres de confianza. El vehículo arrancó devorando el camino de tierra, adentrándose en la espesura de los árboles. La respiración de Mariana era errática, sus ojos saltaban de la oscuridad del exterior al rostro de piedra de Alessandro.
“Si salimos de esta…”, comenzó a decir Alessandro, rompiendo el tenso silencio del vehículo. Miró a Mariana, directo al alma. “Si salimos de esta, renuncio a todo. Al poder, al territorio, a mi apellido. No quiero este mundo para mi hijo. No quiero esta vida de fugitivos para ti.”
Mariana contuvo el aliento. “¿Lo harías… por nosotros?”
“Sí,” respondió él sin dudar un segundo.
Pero la promesa fue interrumpida por el sonido desgarrador de un impacto. Un golpe brutal en la parte trasera del vehículo los lanzó hacia adelante. Alessio rompió a llorar, aterrorizado. Mariana gritó, protegiendo al bebé con su propio cuerpo. Luces altas y cegadoras inundaron la cabina. A través del cristal trasero, se dibujaban las siluetas de tres vehículos todoterreno persiguiéndolos a una velocidad suicida. Las balas comenzaron a rebotar contra el blindaje de la camioneta como un granizo mortal.
“¡Nos están alcanzando, jefe! ¡Vienen armados hasta los dientes!” gritó Esteban, girando el volante violentamente para esquivar los árboles.
Alessandro miró por el retrovisor. Sabía que el blindaje no resistiría para siempre. Sabía que los Vital no se detendrían hasta ver sangre. Su mente de estratega calculó las probabilidades, y la conclusión fue una sentencia de muerte
. Su muerte.
“Esteban, cuando te lo ordene, desvíate hacia el bosque oscuro y apaga las luces. Yo saldré del auto,” ordenó Alessandro, su voz extrañamente en calma.
“¡No!” El grito de Mariana desgarró su propia garganta. Agarró el brazo de Alessandro con desesperación. “¡No puedes hacer eso! ¡Te van a matar!”
“Me quieren a mí, Mariana. Si me ven salir, irán por mi cabeza y los dejarán en paz,” explicó él, tomando el rostro de la mujer entre sus manos. Sus pulgares limpiaron las lágrimas que caían por las mejillas de ella. “Preferiría arder mil veces en el infierno antes que permitir que un solo cristal te toque a ti o a mi hijo.”
“¡No me dejes! ¡Por favor, Alessandro, no me dejes ahora!” sollozaba ella, mientras el bebé lloraba en sincronía con su angustia.
“Nunca te dejaré,” susurró él. Se inclinó y estampó un beso desesperado, profundo y lleno de promesas rotas sobre los labios de Mariana. Fue un beso que sabía a despedida y a pólvora.
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