“Volviste…”, lloraba Mariana, aferrándose a él como un náufrago a su tabla de salvación. “Creí que te había perdido.”
“Te dije… te dije que siempre volvería por ustedes,” murmuró él, con la voz entrecortada por el dolor y la emoción.
Alessandro retrocedió un paso solo para mirar el rostro de Mariana y luego bajar la vista hacia Alessio, que dormía plácidamente contra el pecho de la mujer. Con una mano temblorosa, el hombre más temido de la ciudad acarició la mejilla de su hijo y luego secó las lágrimas de Mariana.
“Se acabó,” dijo, mirándola a los ojos con una claridad absoluta. “Los Vital ya no son una amenaza. Y mi imperio… mi imperio se queda en esta noche. Renuncio a todo.”
Mariana lo miró, incrédula. “¿Estás seguro? Es la única vida que conoces.”
“La única vida que quiero conocer a partir de hoy, son ustedes,” respondió Alessandro, apoyando su frente contra la de ella. “Ustedes son mi familia, Mariana. Mi única verdad. No pienso soltarlos nunca más, a menos que tú me pidas que me vaya.”
Ella negó con la cabeza, sonriendo a través de las lágrimas. “Ya no sé cómo respirar si estás lejos, Alessandro. Me quedo. Nos quedamos.”
El amanecer iluminó por completo la pequeña cabaña de madera. Allí, lejos del lujo frío de las mansiones y de la violencia de las calles, tres almas rotas se habían encontrado en medio del caos para repararse mutuamente. Un hombre que dejó de ser el rey del infierno por amor, una mujer que encontró un nuevo propósito para su corazón maternal, y un niño que, con su llanto desesperado en un avión, les había salvado la vida a ambos. No sabían qué les deparaba el futuro, ni en qué parte del mundo se esconderían para empezar de cero. Pero mientras estuvieran juntos, ya no habría oscuridad capaz de alcanzarlos.
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