El heredero del hombre más temido no dejaba de llorar en pleno vuelo hasta que una madre soltera hizo lo impensable para salvarlo

“¡Ahora, Esteban!”
La puerta de la camioneta se abrió de golpe, dejando entrar un viento huracanado. Alessandro saltó a la oscuridad mientras el vehículo se desviaba violentamente, perdiéndose en la negrura del bosque. Mariana miró hacia atrás, horrorizada, viendo cómo los faros de los perseguidores frenaban y se concentraban en la figura de Alessandro, que rodaba por la maleza levantando su arma. El sonido de los disparos estalló en la noche, y luego… todo fue oscuridad.

El trayecto hasta la cabaña de seguridad fue un borrón de pánico y rezos silenciosos. Cuando finalmente entraron al refugio de madera, el silencio del bosque se volvió enloquecedor. Mariana se sentó en el suelo, acunando a Alessio, meciéndolo hasta que el cansancio venció al niño. Pero ella no podía dormir. Cada crujido de la madera, cada soplo del viento, la hacía saltar. Las horas pasaron con una lentitud agónica. Se imaginaba lo peor. Imaginaba el cuerpo de aquel hombre fuerte y atormentado yaciendo sin vida bajo la luna. Había encontrado el amor en el rincón más oscuro del mundo, solo para que se lo arrebataran horas después.

La luz del amanecer comenzaba a filtrarse tímidamente por las rendijas de la cabaña cuando el sonido de pasos pesados aplastó las hojas secas del exterior. Esteban levantó su arma, apuntando a la puerta. Mariana apretó al bebé contra su pecho, cerrando los ojos, preparándose para el final.
La manija giró despacio.

“Soy yo.”
La voz era áspera, débil, pero inconfundible.
Esteban abrió la puerta rápidamente. Allí estaba Alessandro. Su impecable camisa estaba destrozada, teñida de sangre oscura en el hombro izquierdo. Tenía un corte profundo en la ceja y el rostro cubierto de tierra, pero respiraba. Estaba vivo.
Mariana no pudo contener un sollozo ahogado. Corrió hacia él sin importarle nada más y se arrojó a su cuello. Él dejó caer el arma que aún sostenía y la envolvió en un abrazo desesperado, hundiendo su rostro en el cabello de ella, aspirando su aroma como si fuera oxígeno puro.

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