En ella, una mujer de extraordinaria belleza sonreía junto a un Alejandro mucho más joven. Lo que pocos sabían es que esa mujer, Elena, su difunta esposa, había sido hermana gemela de Isabel Montero, cuyo rostro había quedado desfigurado tras el mismo accidente de auto que se había llevado la vida de Elena hace 15 años. Isabel, quien ahora vivía recluida en la mansión familiar a las afueras de la ciudad, se había negado a aparecer en público desde entonces, incapaz de soportar las miradas y los cuchicheos.
Alejandro había intentado durante años convencerla de que retomara su vida, de que su valor iba mucho más allá de la perfección física que había perdido, pero sin éxito. “Quizás,” pensó Alejandro, el ejemplo de Carmen Ruiz podría lograr lo que sus palabras no habían conseguido en todos estos años. Tomó su teléfono y marcó un número que pocas veces usaba durante los días laborables. “Isabel, soy yo”, dijo cuando su cuñada respondió. ¿Cómo estás hoy? Como siempre, Alejandro, respondió una voz suave pero apagada.
Los médicos dicen que físicamente estoy bien, pero ya sabes cómo me siento realmente. He contratado a alguien hoy, comentó él intentando sonar casual. Una mujer brillante con un currículum impresionante. Será mi nueva asistente ejecutiva. Me alegro por ti, respondió Isabel sin mucho entusiasmo. Eso tan extraordinario como para llamarme en mitad de la semana. Lo extraordinario, Isabel, es que esta mujer tiene cicatrices faciales severas, deformidades que harían que muchos ni siquiera la consideraran para un puesto tan visible, explicó Alejandro.
Y sin embargo, su inteligencia y capacidad la colocan por encima de todos los demás candidatos. Un silencio se extendió al otro lado de la línea. Finalmente, Isabel habló. ¿Por qué me cuentas esto, Alejandro? ¿Qué pretendes? Nada en particular, mintió él. Solo pensé que te interesaría saber que hay personas que no permiten que las cicatrices definan quiénes son o hasta dónde pueden llegar. Otro silencio más prolongado. Esta vez tengo que dejarte, dijo finalmente Isabel. Marta me está llamando para la cena.
Por supuesto, respondió Alejandro. Buenas noches, Isabel. Tras colgar, Alejandro permaneció contemplando la fotografía de su esposa y su hermana cuando ambas irradiaban juventud y belleza. Dos gotas de agua, dos destinos completamente diferentes. Una se había ido para siempre y la otra se había convertido en prisionera de su propio dolor y aislamiento. Mañana conocería a Carmen Ruiz y con ella quizás llegaría una esperanza no solo para su empresa, sino también para Isabel. El primer día de Carmen en Empresas Montero comenzó con una oleada de miradas indiscretas y murmullos apenas contenidos.
Vestida con un traje sastre azul marino, elegante, pero discreto, y con su cabello recogido en un moño sencillo, caminaba con la cabeza alta mientras Verónica la guiaba con evidente desgano hacia la oficina presidencial. El señr Montero es extremadamente puntual y odia perder el tiempo, instruía Verónica con tono condescendiente. Espera que sus asistentes anticipen sus necesidades. Tendrás acceso a su agenda, correos y documentos confidenciales, así que la discreción es fundamental, aunque francamente dudo que dures más de una semana.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
